[Juan Soto Ivars] (June 24, 2026) Sánchez Dice QUE Puede Haber Algo DE Corrupción Pero NO CON ZP, SU Mujer Y SU Hermano
Ayer, después de la condena a 24 años a Ábalos, el presidente nos hablaba de golpes de
calor. Seguramente estaba anticcipando su comparecencia para “dar explicaciones” de hoy
en el Congreso. Porque su comparecencia ha sido aun más difícil de soportar que de creer.
Pedro Sánchez ha comparecido en el Congreso para hablar de corrupción, pero ha elegido una fórmula conocida: reconocer lo justo, aislar los casos, negar la existencia de una trama generalizada y devolver el golpe hablando de bulos, fango, derecha, ultraderecha y regeneración democrática. El presidente ha defendido que no conocía ni habría tolerado conductas corruptas, ha insistido en que el PSOE no se financió irregularmente y ha presentado la nueva Ley de Integridad Pública como respuesta política al peor momento judicial de su Gobierno.
El problema no está solo en lo que ha dicho. Está en todo lo que ha dejado fuera o ha reducido a piezas separadas. Sánchez ha hablado de Ábalos como si fuera un cuerpo extraño, cuando fue su ministro de Transportes, su secretario de Organización y una de las figuras clave del PSOE que llegó al poder prometiendo limpiar la corrupción. Ha hablado de Koldo como si fuera un asesor caído del cielo, no como el hombre de confianza de Ábalos dentro de un ministerio central durante la pandemia. Ha hablado de Santos Cerdán como alguien ya apartado, no como el sucesor de Ábalos en la sala de máquinas del partido.
Tampoco ha querido mirar de frente el efecto acumulación: Ábalos condenado a 24 años y tres meses, Koldo García condenado a 19 años y ocho meses, Víctor de Aldama evitando la cárcel tras colaborar con la justicia, Santos Cerdán arrastrado por la investigación, Begoña Gómez enviada a juicio por Peinado, Cristina Álvarez y Juan Carlos Barrabés en la misma causa, Zapatero investigado por Calama en el caso Plus Ultra, las hijas del expresidente citadas como investigadas, Gertrudis Alcázar, Leire Díez, la UCO, Ferraz, las cloacas y los intentos de desacreditar a jueces, fiscales y guardias civiles.
La estrategia ha sido convertir la corrupción en percepción. Sánchez ha dicho que se intenta crear una “sensación de corrupción generalizada que no existe”. Pero la sensación no nace de un editorial, ni de un tuit, ni de una tertulia. Nace de una lista de nombres, autos, condenas, informes policiales, audios, sumarios, medidas cautelares y comparecencias judiciales que afectan al Gobierno, al PSOE, al entorno familiar del presidente y a expresidentes socialistas.
La comparecencia también ha servido para comprobar el aislamiento político del presidente. El PP y Vox han exigido elecciones y han colocado a Sánchez en el centro de la corrupción socialista. Pero lo más incómodo para Moncloa ha sido el tono de sus propios socios: ERC, Junts, PNV, Podemos y otros aliados han marcado distancia, han pedido explicaciones más sólidas y han dejado claro que el bloque de investidura ya no compra cualquier relato sin coste.
Sánchez ha intentado salir por arriba: integridad pública, verdad, colaboración con la justicia y continuidad del Gobierno progresista. Pero la escena era otra. Mientras hablaba en el Congreso, Begoña Gómez seguía bajo el foco judicial por la retirada del pasaporte y la apertura de juicio oral; Ábalos y Koldo ya tenían condenas gravísimas; Aldama aparecía como modelo de arrepentido útil para las demás piezas; Zapatero seguía atrapado en Plus Ultra, las joyas y las explicaciones pendientes; y el PSOE trataba de presentar cada causa como si no tuviera relación con la anterior.
Ese es el punto. La corrupción del sanchismo no necesita probar una financiación ilegal del PSOE para ser políticamente devastadora. Basta con observar el mapa: ministerios, asesores, secretarios de Organización, familiares, empresas, rescates públicos, contratos de pandemia, cátedras universitarias, cartas de recomendación, sociedades, maletines, comisiones, informes de la UCO y una reacción del poder que casi siempre consiste en atacar al mensajero.
Sánchez ha pedido que no se confunda al PSOE con la corrupción. Pero el problema para Sánchez es que ya no se trata de un caso. Ni de dos. Ni de tres. Se trata de una legislatura entera explicada a golpe de juzgado, con el presidente intentando convencer al Congreso de que todo está bajo control mientras cada semana aparece una nueva pieza de un sistema que él insiste en llamar anomalía.
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