[Juan Soto Ivars] (July 22, 2026) Tertuliana DE Izquierdas TE Recuerda QUE Anter DE Pegar HAY QUE Deshumanizar
La izquierda española ha encontrado una palabra mágica de cuatro letras muy útil para
justificar la violencia. Lo mejor es que para decidir quién merece ser golpeado sólo hace falta
decidir que alguien es “n*zi”. Y serlo es algo que, como a Carlos Cuesta, se nota en la cara.
Hoy en día no hace falta demostrar que alguien defiende una ideología totalitaria, que quiere exterminar a un grupo social o que usa la violencia organizada para imponer sus ideas. Basta con colocarlo fuera del marco democrático, llamarlo extrema derecha, fascista o n*zi, y a partir de ahí todo empieza a parecer justificable: el insulto, el señalamiento, la expulsión del espacio público e incluso la agresión.
La discusión viene de las imágenes de Berriozar, en Navarra, donde un grupo de encapuchados atacó a personas que estaban viendo la final del Mundial entre España y Argentina en la terraza de un bar. La Guardia Civil investiga la agresión a varios militares; hubo heridos, barras, porras extensibles y daños en el local. La excusa apareció enseguida: entre los presentes podía haber alguien vinculado a Núcleo Nacional o con simbología ultra. Y esa posibilidad sirvió a algunos para desplazar el foco desde la violencia de los atacantes hacia la identidad política de las víctimas.
Ese mecanismo es el centro del problema. Si alguien es violento, si forma parte de una organización neon*zi real, si sale a la calle a pegar palizas o a perseguir minorías, el Estado debe actuar con toda la fuerza de la ley. La sociedad no tiene por qué tolerar escuadras de matones. Pero otra cosa muy distinta es convertir la etiqueta “n*zi” en una categoría elástica donde cabe cualquiera: Vito Quiles, Carlos Cuesta, el PP, Vox, Ciudadanos, UPyD, un periodista incómodo, UTBH, un votante de derechas o alguien que lleva una bandera española.
El salto es peligroso porque rompe la definición. El n*zi ya casi no responde a una ideología o a un contexto histórico, ahora es quien una tertuliana, un activista o un partido decide que está fuera de la democracia. Y cuando alguien queda fuera de la democracia, se le puede tratar como amenaza. Y así se produce la magia para justificar algunas violencias.
En la tertulia del programa de Nacho Abad, Carlos Cuesta contó que en Navarra estuvieron a punto de pegarle. La respuesta que recibió fue que era “una cara conocida de la extrema derecha”. No un argumento, no un dato, no una conducta concreta: una cara. Una sospecha. Una lectura moral de su identidad política.
Ese razonamiento se parece demasiado al viejo mecanismo de deshumanización: primero se señala, luego se simplifica, después se agrupa a personas muy distintas bajo una misma etiqueta y, por último, se justifica lo que les pase. No hace falta llegar al Holocausto para entender el mecanismo. Ha funcionado en guerras religiosas, en limpiezas étnicas, en linchamientos políticos, en persecuciones ideológicas y en cualquier sociedad donde alguien decide que su intuición moral vale más que los derechos del otro.
La paradoja es que quienes más usan esa retórica suelen presentarse como antifascistas. Pero si el antifascismo acaba consistiendo en decidir quién puede circular por Pamplona, quién puede ver una final, quién puede llevar una camiseta o quién merece una paliza por “tener cara” de extrema derecha, dpues acaba pareciéndose bastante al propio fascismo.
El caso de Vito Quiles funciona como ejemplo. Puede ser criticado por sus métodos, por su estilo, por sus causas judiciales o por su forma de perseguir a políticos con el micrófono. Pero equiparar eso con una agresión organizada con barras en una terraza exige una operación previa: llamar violencia a una pregunta incómoda y llamar antifascismo a romper costillas. Así se invierte el mundo. Así la violencia física se vuelve entendible.
El problema de fondo no está en una tertulia concreta ni en una frase desafortunada. Está en una cultura política que reparte carnés de demócrata y de enemigo con una facilidad infantil. Hoy se etiqueta a alguien. Mañana se justifica que no pueda hablar. Pasado mañana se entiende que no pueda entrar en una universidad, en un barrio o en una plaza. Y al final alguien acaba diciendo que, si le han pegado, por algo será.
El nuevo antifascismo es como un pensamiento mágico con coartada moral.
Lo que no vimos venir es que gente de Podemos o de los que estuvieron en su entorno como Ramón Espinar se hayan vuelto tan seguidores del “es que llevaba la falda muy corta”.