[Juan Soto Ivars] (July 21, 2026) Soto Ivars: HE IDO A VER LA Odisea DE Nolan Y Este ES MI Veredicto
He ido a ver “La Odisea” y he salido bastante contento. Naturalmente Nolan hace con la
historia escrita por Homero lo que quiere y está bien que sea así, su trabajo es ofrecernos
imágenes inóvidables. Ah, lo de la polémica de Helena. No he visto una peli “woke”.
Christopher Nolan ha llevado La Odisea al cine y el resultado no es una adaptación literal de Homero, sino una película profundamente suya: solemne, física, monumental y llena de imágenes diseñadas para quedarse en la cabeza. Matt Damon interpreta a Odiseo, Anne Hathaway a Penélope, Tom Holland a Telémaco y Zendaya a Atenea en una superproducción de Universal rodada íntegramente en IMAX de 70 mm y pensada para verse en sala grande, no como simple contenido de plataforma.
La película ha llegado rodeada de polémica. Antes incluso del estreno ya había ruido por el reparto, por la elección de algunos actores, por la presencia de una Elena de Troya negra y por el miedo a que Nolan convirtiera el poema clásico en otra lectura contemporánea llena de mensajes políticos. Pero la película, vista entera, funciona mejor de lo que sugería ese ruido previo. No es la Odisea de Homero: es la Odisea de Nolan. Y aceptada esa condición, tiene momentos poderosísimos.
El primer choque está en el idioma. Escuchar a Odiseo, Penélope, Atenea o los guerreros griegos hablando en inglés americano puede resultar raro. Mel Gibson habría rodado esto en griego micénico aunque no lo entendiera nadie. Nolan no va por ahí. Su apuesta no es arqueológica, sino visual. Quiere convertir el viaje de Ulises de vuelta a Ítaca en una experiencia física: barcos reales, mar real, cuerpos reales, fuego real, barro real y un rechazo muy claro al aspecto de croma que domina tanto cine comercial actual.
Ahí está lo mejor de la película. El Polifemo de Nolan no parece una criatura de videojuego, sino una aparición. La escena del cíclope tiene peso, volumen, voz, manos, miedo. El paso por las sirenas está resuelto con una inteligencia enorme: no vemos apenas nada, no oímos lo que oye Ulises, pero entendemos el peligro a través de su rostro y de la reacción de quienes no pueden escuchar. La transformación de los marineros, los barcos con remeros, la quema de Troya y varios episodios míticos están filmados con una potencia que justifica la entrada.
Nolan suele cargar sus películas con solemnidad, ruido y una especie de gravedad impostada que a veces funciona y a veces se vuelve insoportable. En Interstellar, por ejemplo, la idea del amor atravesando dimensiones puede resultar emocionante en sala y cursi al revisarla. Aquí esa solemnidad juega a favor. La Odisea necesita tamaño, rito, destino, mar, dioses y hombres rotos. Nolan encuentra en el mito un material perfecto para su tendencia a lo grandioso.
No todo funciona igual. La relación entre Odiseo y Atenea no tiene la inteligencia ni la belleza que uno recuerda del poema. El Odiseo del libro deslumbra por su ingenio, por su forma de negociar con dioses y monstruos, por esa mezcla de astucia, orgullo y supervivencia. La película lo convierte más en un héroe épico que en un hombre verdaderamente inagotable. También hay una capa moral contemporánea en el tramo final que no pertenece del todo al mundo de Homero y que suena más a nuestro siglo que al mito original.
Penélope, en cambio, está muy bien tratada. Anne Hathaway sostiene la espera, la lealtad y la tensión del palacio de Ítaca con una presencia mucho más fuerte de lo que podría parecer. Telémaco también funciona. La película entiende que la aventura de Odiseo no es solo el viaje del hombre que quiere volver, sino la resistencia de quienes lo esperan mientras el mundo intenta ocupar su sitio.
La matanza de los pretendientes quizá se alarga demasiado y pierde algo de la brutalidad seca que uno puede imaginar en el poema: Ulises llegando disfrazado, tensando el arco y convirtiendo el regreso en carnicería. Nolan la hace más aparatosa, más coreografiada, más de gran clímax. Pero incluso ahí la película mantiene una belleza visual incontestable.
La Odisea de Nolan no es perfecta, ni sustituye al poema, ni pretende hacerlo. Es una reinterpretación del siglo XXI, con concesiones, decisiones discutibles y algunos chirridos. Pero también es una película rara dentro del cine comercial actual: una superproducción de tres horas que no parece prefabricada por ordenador, que confía en las imágenes, que recupera el placer del mito y que entiende que el cine todavía puede ser asombro.
Puede que quienes vayan esperando fidelidad absoluta salgan molestos. Puede que quienes entren cansados de Nolan salgan sorprendidos. Pero si se acepta el pacto, la película ofrece exactamente lo que prometen los grandes relatos: viaje, peligro, belleza, monstruos, regreso y unas cuantas imágenes que valen el precio de la entrada.