[Juan Soto Ivars] (July 15, 2026) Jesús Cintora LA Humilló EN Televisión Española Y Ella Sola Vuelve A POR MÁS
No sé qué fue peor, si las humillaciones que provocaron que Marta Gómez Montero se fuera
de la mesa de Malas Lenguas, si la cara de Cintora cuando pasó, si las disculpas pasivo
agresivas del presidente de TVE o si la vuelta de la colabora para volver a comer mierda.
El episodio de Marta Gómez Montero en Malas Lenguas Noche resume muy bien la televisión política que nos hemos dado: la tertulia convertida en espectáculo de tensión, bronca, humillación y reconciliación forzada. La periodista abandonó el plató entre lágrimas tras decir que se sentía “absolutamente humillada” por Jesús Cintora, que había aguantado por pagar facturas y por sus hijos, y que prefería “comer mierda” antes que seguir en esa situación.
La polémica no quedó en el directo. Cintora pidió disculpas públicamente y José Pablo López, presidente de RTVE, intervino para respaldar a la colaboradora y anunciar su vuelta a la cadena. Gómez Montero regresó al programa pocos días después, “tranquila y reconfortada” por la actitud de RTVE, en una escena de reparación pública que cerraba el conflicto en apariencia, pero abría otro debate más profundo: qué tipo de televisión está haciendo la corporación pública y bajo qué condiciones trabajan quienes acuden a esas mesas.
El problema no es solo Cintora. Es el formato. Malas Lenguas funciona con una lógica de tertulia de confrontación permanente: bloques políticos calientes, colaboradores elegidos para chocar, interrupciones, rótulos, gestos, tensión ideológica y momentos virales.
Ahí la contradicción de RTVE es evidente. La cadena pública presume de pluralidad, respeto, feminismo, pedagogía democrática y defensa de la convivencia, pero uno de sus espacios políticos más visibles funciona como una olla a presión. Si una colaboradora dice en directo que se siente humillada y que ha soportado la situación por necesidad económica, el asunto ya no puede tratarse como una simple enganchada de plató. Habla de jerarquías, dependencia profesional y precariedad simbólica dentro de la televisión.
La tesis es clara: si una mujer denuncia humillación en una cadena que se presenta como garante del respeto y de la sensibilidad progresista, el daño reputacional puede ser grande. Por eso RTVE reacciona rápido, disculpa, arropa, reincorpora y convierte el regreso en una escenificación de normalidad. La pregunta incómoda es qué cambió realmente entre la salida llorando y la vuelta al plató.
También importa la selección de perfiles. Estos programas necesitan colaboradores que representen el “otro lado”, pero muchas veces los colocan en una posición débil: minoría ideológica, tensión constante, interrupciones y obligación de responder al marco dominante. En teoría están para garantizar pluralidad. En la práctica, pueden acabar funcionando como cuota de contraste, piezas necesarias para que el programa pueda decir que hay debate mientras el clima general empuja siempre en una dirección.
El caso de Gómez Montero recuerda a otras salidas tensas en tertulias recientes, como las de Ernesto Ekaizer o Marta Nebot en distintos espacios de debate. La diferencia es que aquí hubo llanto, denuncia explícita de humillación y una frase literaria convertida en meme. La televisión política actual no solo informa de conflictos: los produce. Y cuando los produce, los rentabiliza. El abandono se vuelve clip. La disculpa se vuelve clip. La vuelta se vuelve clip. La reconciliación también.
La figura de Cintora añade otro elemento. Su estilo se basa en el control intenso del ritmo, la corrección constante y una intervención muy visible del moderador. Para sus defensores, eso evita bulos y ordena debates agresivos. Para sus críticos, convierte la moderación en parte del combate político. La polémica reactivó además viejas acusaciones sobre su trato a equipos y colaboradores en etapas anteriores, aunque algunas proceden de medios claramente hostiles al presentador y deben leerse con cautela.
El fondo, sin embargo, no depende solo de la biografía profesional de Cintora. Depende de una televisión pública que ha asumido el lenguaje de la trinchera. Malas Lenguas no se limita a discutir noticias: organiza una dramaturgia. Hay villanos, aliados, colaboradores incómodos, interrupciones morales, momentos de “bulo no”, gestos de autoridad y una audiencia que no solo quiere información, sino confirmación emocional de su bando.
El caso Marta Gómez Montero no demuestra por sí solo que haya acoso laboral, ni permite dictar sentencia sobre todo un programa. Pero sí muestra una forma de hacer televisión: convertir la política en conflicto personal, colocar colaboradores en tensión, explotar la incomodidad y después maquillar la herida con una vuelta solemne al plató. La escena final no fue menos incómoda que la primera. Tal vez lo fue más. Porque ya no se veía solo a una periodista rota, sino a una televisión pública intentando cerrar en directo una grieta que ella misma había abierto.