[Juan Soto Ivars] (July 9, 2026) Soto Ivars: LAS Mujeres VEN Gordas POR Culpa DE LOS Hombres
Se hace saber que la mujer queda absuelta de sus propios pensamientos. Si una mujer
llama gorda a otra es porque hay un hombre infiltrado en su cabeza, una especie de okupa
con bigote que la controla. Sí, en 2026 seguimos así. O peor si escuchas a Ana Redondo.
La entrevista a Maite Gómez Molina es un delirio. Su frase —“cuando miras a otra mujer y piensas que está gorda, en realidad es un hombre el que está mirando a través de tu propia cabeza”— funciona como perfecto eslogan de época. Si una mujer critica a otra mujer, no es una mujer pensando algo feo, banal o competitivo. Es un hombre hablando desde dentro.
El problema de ese discurso no es que denuncie presiones estéticas reales. Existen. Hay industria de la belleza, redes sociales, filtros, juventud convertida en capital sexual, comparaciones constantes y mujeres sometidas a una vigilancia corporal durísima.
Esa teoría tiene una ventaja política: nunca falla. Si las mujeres coinciden con el feminismo institucional, están liberadas. Si no coinciden, están colonizadas por el patriarcado. Si critican a otras mujeres, habla un hombre dentro de ellas. Si escuchan reguetón, reproducen sexualización. Si lo disfrutan, no han entendido su opresión. Es una doctrina perfecta porque siempre gana.
En la misma semana Ana Redondo ha conseguido algo difícil: convertir una intervención sobre igualdad en una mezcla de biología de patio, catequesis invertida, teoría del reguetón, crítica a la inteligencia artificial y sermón sobre prostitución. La ministra afirmó que hombres y mujeres son “especies radicalmente distintas” y pidió ayudar al género masculino a “evolucionar” en lo social y emocional. No lo dijo una tertuliana improvisando en una sobremesa. Lo dijo la ministra de Igualdad.
La frase resume bien el punto al que ha llegado cierto feminismo institucional. Durante años ha acusado a los demás de esencialismo, estereotipos y prejuicios biológicos. Pero cuando habla desde el BOE, acaba diciendo que hombres y mujeres parecen casi especies separadas: ellas evolucionadas, ellos todavía anclados en privilegios, torpeza emocional y pulsión de dominio. No es igualdad. Es una caricatura con presupuesto público.
Redondo llevó esa lógica al terreno oficial. Habló de prostitución como “la forma de patriarcado más aberrante” y se apoyó en datos del CIS según los cuales casi el 69% de la población considera la prostitución una forma de violencia contra las mujeres. Ese debate existe y es serio: trata, explotación, pobreza, consentimiento, demanda masculina y proxenetismo. Pero en boca del Ministerio todo termina reducido a la misma plantilla: hombres atrasados, mujeres vulnerables, mercado malvado y Estado pedagogo.
La contradicción política es evidente. El Gobierno que da lecciones sobre explotación sexual es el mismo ecosistema político donde han aparecido el caso Tito Berni, las fiestas de Ábalos, las referencias a mujeres en la trama Koldo y una izquierda que, cada vez que el problema salpica a los suyos, descubre de pronto los matices, la presunción de inocencia y la complejidad de las relaciones humanas. El feminismo punitivo siempre es más sencillo cuando el acusado está enfrente.
Lo más llamativo es el tono de superioridad con el que se dice todo esto. Redondo habla en nombre de “nosotras”, como si una ministra pudiera representar por igual a una científica, una camarera, una escritora, una empresaria, una cajera, una madre, una estudiante o una mujer que simplemente no quiere que el Estado le explique cómo debe interpretar sus deseos.
El feminismo institucional ha pasado de pedir igualdad ante la ley a construir una metafísica completa. Ya no basta con corregir discriminaciones concretas. Hay que reeducar hombres, mujeres, algoritmos, canciones, religiones, relatos históricos y hasta pensamientos espontáneos. Es una política que no se conforma con proteger derechos: quiere administrar la conciencia.
Por eso estas declaraciones importan. No son solo una tontería de verano. Son el retrato de un Ministerio que necesita encontrar patriarcado en todas partes para justificar su propia existencia. Si hombres y mujeres son casi especies distintas, hace falta mediación estatal. Si las mujeres no piensan por sí mismas cuando juzgan a otras mujeres, hace falta pedagogía. Si la IA es patriarcal, hace falta regulación. Si el reguetón oprime, hace falta campaña. Si la prostitución resume todo el mal masculino, no importa que seas el gobierno donde estuvo Ábalos.
El resultado es una política de igualdad que habla de liberar a las mujeres tratándolas como incapaces de reconocer sus propios deseos, pensamientos y contradicciones. Una igualdad que dice combatir los estereotipos mientras retrata a los hombres como simios emocionales y a las mujeres como víctimas programadas. Una igualdad que presume de haber superado los tópicos y luego los repite con lenguaje académico.