[Juan Soto Ivars] (July 30, 2026) Para Entrar EN LA UCO HAY QUE Pasar Pruebas DE Héroe DE Acción

Entrar en la UCO no consiste simplemente en aprobar una oposición y recibir un destino. Antes hay que superar un curso diseñado para ver si el aspirante tiene recursos, memoria,
sangre fría, capacidad de improvisación y una disposición casi ilimitada al sacrificio.

Desde el principio deben presentarse con todo aquello que puedan necesitar. No existe una lista: cada uno tiene que anticiparse con planos, acreditaciones, ropa distinta, identidades alternativas y cualquier objeto capaz de sacarle de un apuro. La primera prueba ya es esa: prepararse para lo imprevisible.

Durante el curso reciben misiones inesperadas. Pueden ordenarles que entren en una empresa sin identificarse como guardias civiles, que localicen un edificio del que apenas tienen pistas o que recojan un sobre vigilado por los propios instructores. Dentro encuentran nuevas instrucciones. No pueden cometer delitos, pero sí deben engañar al portero, convencer a un vigilante o inventarse una historia sólida para cruzar una puerta cerrada.

Uno de los casos más recordados es el de una agente apodada Ranita, que convirtió su aspecto juvenil en una ventaja. En una prueba debía entrar en la vivienda de un compañero que sabía que iba a ser examinado y tenía orden de ponérselo difícil. Ella preparó papeles, se presentó como trabajadora en prácticas de la Comunidad de Madrid y afirmó que realizaba una encuesta. Consiguió entrar, observar la casa y reunir información sobre la familia. Años después formaría parte de la UCO y trabajaría como instructora. También llegó a infiltrarse en una secta.

El curso no solo mide la inteligencia. Los instructores intentan arrancar de raíz la vergüenza. Si consideran que alguien está demasiado rígido, pueden obligarle a subirse a una cabina telefónica y cantar, o mandarle al metro con una gorra para actuar delante de los viajeros. Quien se niega o se bloquea demuestra que quizá tampoco podrá improvisar bajo presión durante una vigilancia real. Allí no basta con conocer la ley: hacen falta labia, sangre fría y capacidad de adaptación.

También se pone a prueba la memoria. Después de jornadas sin dormir, los aspirantes asisten a supuestas sesiones de cine. Les dejan tomar notas, pero luego se las retiran y les preguntan por detalles mínimos: el color de un reloj, la ropa de un personaje, las calles por las que circulaba un vehículo o cualquier elemento aparentemente insignificante. Es el entrenamiento que explica la precisión de muchos informes de la UCO. Cada agente observa una parte y el jefe de equipo cruza los datos en unas diligencias que examinará el juez.

La prueba final tiene algo de película. Los aspirantes creen que el curso está a punto de terminar y reciben la orden de vestirse con su ropa más elegante. Piensan en una cena de graduación. En realidad, los llevan a un paraje apartado, les quitan el móvil, la cartera, la documentación, el dinero, el arma y cualquier objeto útil. Después los abandonan vestidos de traje y deben regresar a Madrid sin ser identificados por la Policía, la Guardia Civil ni los instructores que los siguen.

Uno de ellos, abandonado cerca de Buitrago de Lozoya, logró regresar inventándose que sus amigos lo habían dejado tirado durante una despedida de soltero. Ese era precisamente el objetivo: comprobar si, desprovisto de cualquier ayuda, seguía siendo capaz de construir una coartada, convencer a desconocidos, desplazarse sin dinero y evitar a quienes trataban de localizarlo.

Superar el curso tampoco conduce a una vida cómoda. El agente de la UCO afronta seguimientos interminables, viajes, noches sin dormir y dietas insuficientes. Muchos dejan la unidad; otros quedan atrapados por una vocación que puede impedirles formar una familia o acabar destruyéndola. Tampoco pueden contar en casa qué investigan ni por qué desaparecen durante días.

La información debe quedarse dentro de la UCO y llegar únicamente a quien necesita conocerla, normalmente el juez. La experiencia contra ETA dejó una lección clara: una confidencia aparentemente inocente puede pasar de un compañero a su pareja, de esta a una amiga y terminar en manos del investigado. Por eso sus agentes aprenden a compartimentar, a desconfiar y a no dar explicaciones innecesarias ni siquiera a sus superiores.

No viven como delincuentes, pero durante una investigación se mueven casi como fantasmas. Observan a todos, hablan con pocos y dejan constancia de cada detalle. Los informes que llegan al juez son el resultado de esa selección, ese entrenamiento y esa forma de vida: horas de vigilancia, datos cruzados entre distintos agentes y una obsesión por recordar aquello que para cualquier otra persona habría pasado inadvertido.