[Juan Soto Ivars] (July 24, 2026) Estamos A UN Paso DE QUE Sánchez “Salve LA Democracia” AL Estilo Nicaraguense
Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, ha dicho lo que algunos aquí en España aun no se
atreven a decir: que para salvar la democracia lo que hay que hacer es prohibir la alternancia
de gobierno. Pablo Iglesias sí ha hablado de ilegalizar al PP y a Vox. A ver si Pedro se anima.
Daniel Ortega ha vuelto a enseñar el final lógico de ciertos discursos políticos: si la oposición es golpista, vendepatrias y una amenaza para el pueblo, entonces no puede volver al poder.
O sea si quieren gobernar para eliminar la democracia, mejor que la eliminemos nosotros antes.
En Nicaragua lo ha dicho sin adornos: no habrá más elecciones para que sus adversarios no puedan “atrapar el gobierno”. También ha prometido levantar un “muro” legal contra quienes identifica como enemigos de la patria. No es una metáfora. Es la fórmula básica de una dictadura: llamar golpe a la alternancia y convertir la ley en cerrojo.
La comparación con España no está en que Pedro Sánchez pueda hacer lo mismo mañana. No puede. España está en la Unión Europea, tiene jueces, parlamento, prensa, comunidades autónomas y una sociedad civil que todavía impiden un cierre institucional de ese tipo. La comparación está en la música de fondo. Ortega dice sin vergüenza lo que aquí aparece envuelto en palabras más aceptables: “muro”, “derecha y ultraderecha”, “ofensiva contra la democracia”, “poderes reaccionarios”, “gobierno ilegítimo”, “lawfare”, “bulos”, “fachosfera”.
Sánchez afirmó que el mayor error histórico para España sería un gobierno de la derecha y la ultraderecha. No dijo que la derecha pueda gobernar y equivocarse. No dijo que la oposición tenga un proyecto malo. Dijo que su llegada al poder sería un error histórico. La diferencia importa. En una democracia normal, la alternancia puede gustar más o menos, pero forma parte del sistema. Cuando se empieza a presentar la alternancia como una amenaza existencial, el adversario deja de ser adversario y se convierte en peligro.
Ramón Espinar lo formuló de una manera todavía más clara: la izquierda tendría que movilizarse para frenar a la derecha en todos los frentes y evitar que acabe con la alternancia política. La frase encierra una contradicción perfecta: para proteger la alternancia habría que impedir que la alternancia ocurra. Es el mismo mecanismo que usa Ortega, solo que adaptado a un país europeo donde todavía no se puede decir “aquí no volverá a haber elecciones”.
La legislatura española hace que esa discusión sea menos abstracta. Sánchez gobierna sin Presupuestos nuevos, con una mayoría parlamentaria rota, con Junts tumbando la senda de estabilidad, con reales decretos usados como vía de supervivencia y con una promesa permanente de agotar hasta 2027 aunque el Congreso le niegue oxígeno político. España no es un régimen presidencialista: el presidente depende del Parlamento. Pero Sánchez ha convertido esa debilidad en una forma de resistencia personal. Si no hay cuentas, se prorrogan. Si no hay mayoría, se estira. Si el Parlamento molesta, se gobierna alrededor.
La idea de fondo es que la Moncloa pertenece naturalmente al PSOE y que el PP, cuando entra, lo hace como inquilino provisional. Esa cultura política no nació con Sánchez, pero Sánchez la ha llevado a una versión mucho más agresiva. Cuando gobierna la derecha, la izquierda suele hablar de recortes, involución, retroceso democrático, amenaza a los derechos y regreso al pasado. Cuando gobierna el PSOE, cualquier crítica fuerte se convierte en ataque a la democracia. Esa asimetría explica por qué la derecha puede ganar elecciones y seguir siendo tratada como una anomalía.
El problema no es que el PSOE quiera ganar ni que movilice a su electorado contra PP y Vox. Eso es política. El problema es que una parte de la izquierda ya no discute solo programas, impuestos, vivienda, inmigración o modelo territorial. Discute la legitimidad misma de que el otro lado gobierne. Si gana la derecha, no será una alternancia normal: será un peligro para la democracia, una ofensiva reaccionaria, una amenaza contra los derechos y una prueba de que hay que activar la calle, los sindicatos, las asociaciones, los medios afines y toda la red de poder construida desde el Estado.
Ahí conecta la frase de Ortega. En Nicaragua ya no hay transición entre adversario y enemigo: todo el que puede sacar al sandinismo del poder es golpista. En España todavía existe esa transición, pero el lenguaje se parece demasiado. El muro contra los golpistas de Ortega y el muro contra la derecha de Sánchez no son lo mismo en términos institucionales, pero comparten una intuición política: si el otro gana, la democracia pierde.