[Juan Soto Ivars] (July 20, 2026) Ganar EL 2º Mundial HA Sido UNA Proeza Épica (y celebrarlo en algunos sitios también)

España ha ganado el Mundial 2026 contra Argentina y ha conseguido su segunda estrella.
Ferran Torres marcó en la prórroga, la selección de Luis de la Fuente dominó la final y todo el
país acabó celebrando una noche histórica. Y bueno, en Bilbao y Navarra pasó algo más.

Anoche en bares, calles y plazas se vivió una de esas fiestas que solo aparecen cada muchos años: gente que no sigue el fútbol viendo el partido como si llevara toda la vida en una tertulia deportiva, gritos, abrazos, fueras de juego celebrados como goles y una sensación rara de descanso colectivo.

Pero la resaca del Mundial dejó también otra imagen. Mientras media España celebraba, en Navarra y en el País Vasco aparecieron escenas que explican muy bien lo que es una sociedad enferma. En Berriozar, un grupo de militares que veía la final en la terraza de un bar fue atacado por encapuchados. La Guardia Civil investiga la agresión. Hubo al menos seis heridos, entre ellos tres militares, uno con una herida en la cabeza y costillas rotas, y una mujer con la nariz fracturada.

El episodio es especialmente revelador por la reacción política posterior. El alcalde de Berriozar, de EH Bildu, señaló que entre quienes estaban en la terraza había personas vinculadas a una organización de extrema derecha y sugirió que el origen del ataque podía estar relacionado con esa circunstancia, no con la retransmisión del partido. La oposición le acusó de señalar a las víctimas y de justificar la violencia.
Pero qué pasa, que si alguno de los presentes llevaba una camiseta de Núcleo Nacional o simpatizaba con una organización ultra, ¿eso convierte en aceptable que una decena de encapuchados entren a golpes en una terraza?

La escena tiene algo muy viejo. Unos están sentados viendo un partido. Otros llegan tapados, en grupo, a imponer quién puede celebrar y quién no. La palabra “antifascismo” se usa como coartada, pero las imágenes recuerdan demasiado a una forma de violencia política que España conoce bien: intimidación, señalamiento, control del espacio público y agresión a quien lleva una bandera española, una camiseta de la selección o simplemente está en el lugar equivocado.

En Bilbao ocurrió algo parecido, aunque sin la misma gravedad física. Un grupo de radicales intentó sabotear la pantalla gigante instalada por el PP Vasco en el parque de Doña Casilda para ver la final. La Ertzaintza identificó a cinco personas y una de ellas quedó investigada por amenazas con arma blanca. Los alborotadores llegaron desde una marcha a favor de la oficialidad de la selección vasca, causaron destrozos, lanzaron objetos y arrancaron cables hasta cortar la emisión. La pantalla volvió a funcionar, pero el mensaje ya estaba enviado: en determinados lugares, ver a España en público sigue siendo una provocación para algunos.

El contraste es fuerte porque la selección española de 2026 representa justo lo contrario de esa obsesión identitaria. Es un equipo coral, mezclado, joven, con jugadores de orígenes, comunidades y estilos muy distintos. Puede gustar incluso a quien normalmente no traga fútbol. Puede leerse desde la diversidad, desde el mérito deportivo, desde la emoción nacional o desde la simple alegría de ganar. Lo que no debería hacer falta es defender el derecho a verla en una plaza o en un bar.

Aitor Esteban, presidente del PNV, ya había dicho durante el torneo que entre España y Francia no le dejaban “ser”, en referencia a la falta de oficialidad internacional de Euskadi. La reivindicación de selecciones propias forma parte del discurso nacionalista desde hace décadas. El problema empieza cuando esa reivindicación convive con la hostilidad hacia quienes sí quieren ver, celebrar o apoyar a España. Pedir una selección vasca es una posición política. Reventar una pantalla o atacar una terraza es otra cosa.

La final contra Argentina debería haber dejado solo fútbol: España campeona, Ferran Torres decisivo, Rodri levantando la copa, Madrid de madrugada, bares llenos y una generación que confirma una etapa dorada tras la Eurocopa y los Juegos. Pero en Berriozar y Bilbao aparecieron los extremistas de siempre. Ellos se autoperciben de izquierda así que aquí el único fascismo es donde hay camisetas rojas, aunque sean familias viendo una pantalla y gente tomando cerveza.

Al menos en la mayoría de España, la alegría por la victoria de los chicos de De la Fuente es otra cosa. El cabezazo de Iñaki Williams y el gol de Ferrán Torrés en el minuto 106 han desatado la mejor fiesta española, la transversal e inacabable.

Hoy ya han llegado van a ir a Zarzuela, a Moncloa y luego tienen més fiesta en Cibeles. Bueno, todos tenemos más fiesta. Porque, si eres normal, ganar un mundial mola bastante.

#selecciónespañola