[Juan Soto Ivars] (February 1, 2026) LA Guerra DE Uclés Y Reverte También LA Sufrimos Todos | Soto Ivars, Argudo, Ussía

David Uclés lo ha vuelto a hacer. Esta vez ha plantado a Arturo Pérez-Reverte y al final se han
cancelado las jornadas literarias de Sevilla. Aquí junto a Argudo, Ussía y con la aparición estelar de
Jesús Calero (jefe de cultura de ABC) nos preguntamos hasta que punto ha medido bien Uclés.

El episodio completo del podcast: https://youtu.be/b4KAWE24mzo?si=ilaU8HvowhAMfIRw
El canal de “La Cuota”: https://www.youtube.com/channel/UCELHdw66pZl3tRwTZv-whVA

La polémica sobre el ciclo “1936: La guerra que todos perdimos”, parte del festival cultural Letras en Sevilla organizado por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra, ha terminado con su cancelación y aplazamiento hasta otoño tras una guerra mediática y cultural en España.

El escritor David Uclés, ganador del Premio Nadal 2026, anunció públicamente que no acudiría a las jornadas porque no podía compartir cartel con políticos como el expresidente José María Aznar y el ex líder de Vox Iván Espinosa de los Monteros, a quienes acusó de haber atentado contra derechos fundamentales y contra la libertad de expresión.

La renuncia de Uclés fue solo el inicio. Antonio Maíllo (IU) también se bajó del cartel por desacuerdos con el enfoque del evento, y varios otros intelectuales y ponentes en la programación retiraron su participación. La suma de bajas, unida a una campaña de presiones en redes y en medios, acabó por convencer a la Fundación Cajasol de que era mejor aplazar las jornadas hasta nueva fecha.

Uclés celebró la cancelación en redes sociales como una “victoria” y una “reparación moral”, diciendo que muchos se sintieron manipulados por la organización y que el título original, sin signos de interrogación (“1936: La guerra que todos perdimos”), había sido presentado de forma equidistante ante una Guerra Civil que para él no se puede reducir a ese concepto.

La polémica ha dividido a la opinión pública y al mundo cultural español. Algunos han respaldado a Uclés y a Maíllo, señalando que eventos sobre la Guerra Civil deben evitar narrativas equidistantes que puedan interpretarse como revisionismo o blanqueamiento de la dictadura franquista. Otros han defendido la pluralidad del ciclo y han criticado la retirada de Uclés y de otros ponentes como una muestra de intolerancia ideológica o sectarismo, acusando a los retirados de cerrar el debate antes de abrirlo.

Pérez-Reverte y Vigorra respondieron duramente a las críticas, describiendo la retirada como una “imperdonable descortesía” y sosteniendo que el ciclo era lo bastante plural e inclusivo para justificar el debate. El historiador Manel Márquez también ha ironizado sobre la cancelación, diciendo que Pérez-Reverte “sale corriendo” y suspende unas jornadas que él mismo organizaba.

La controversia ha generado un debate más amplio sobre libertad de expresión, pluralidad cultural y el papel de los espacios intelectuales en España. ¿Puede un autor rechazar un cartel por diferencias ideológicas? ¿La cancelación del ciclo es un triunfo del activismo o una derrota del diálogo? ¿Es legítimo interpretar la memoria histórica desde perspectivas distintas sin polarizarla? Estas preguntas han desbordado el ámbito literario y se han instalado en la conversación pública española.

El caso conecta con una tendencia cada vez más extendida: autores que blindan su obra detrás de su identidad política, desplazando la conversación del texto a la persona. El libro deja de discutirse; lo importante es el gesto, el vídeo, el plantón, el trending topic.

El paralelismo con otros episodios protagonizados por David Uclés es evidente, como el abandono de debates, los desplantes calculados o el choque directo con figuras como Ayuso.

Todo refuerza la idea de un cálculo comunicativo consciente, aunque no necesariamente brillante. Plantar a Reverte, activar la etiqueta de intolerable y convertir unas jornadas culturales en un campo de batalla ideológico garantiza visibilidad, pero también expone una contradicción difícil de sostener: publicar en grandes editoriales, aceptar premios millonarios y rechazar el pluralismo en nombre de la tolerancia.

Al final, lo que queda es una pregunta de fondo:
¿Puede alguien que rehúsa compartir espacio intelectual con el discrepante presentarse como adalid de la libertad?