[Juan Soto Ivars] (August 30, 2026) UNA Feminista Y UN Señoro Intentan Entender EL Caso Lindsay

He visto a una parte del feminismo identificarse con Lindsay Clancy y confieso que eso no
es lo que más me inquieta. Hay gente sensata que habla de cambiar la forma de mirar a las
madres. Viene Raque porque no sé si me falta darle una vuelta o al debate le sobran tres.

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El juicio de Lindsay Clancy ha terminado convertido en algo mucho más grande que un proceso penal. El jurado de Massachusetts lleva más de diez horas deliberando y retomará el lunes una decisión con varias posibilidades: asesinato, homicidio, absolución por falta de responsabilidad criminal debido a enfermedad mental o inocencia. Clancy no niega haber estrangulado a sus tres hijos —Cora, de 5 años; Dawson, de 3; y Callan, de 8 meses— el 24 de enero de 2023 en su casa de Duxbury. Lo que se discute es si comprendía lo que estaba haciendo.

La defensa sostiene que sufría psicosis posparto y trastorno bipolar, que estaba sobremedicada y que escuchó una voz que le ordenó matar a los niños. La Fiscalía admite que Clancy padecía problemas mentales, pero sostiene que seguía siendo responsable de sus actos: recuerda que mandó a su marido a hacer recados, que los tres niños fueron estrangulados con bandas de ejercicio y que después intentó suicidarse saltando por una ventana. Expertos llamados por la acusación han cuestionado que existiera psicosis en el momento de los crímenes y señalan que las supuestas alucinaciones no aparecen documentadas con claridad antes de los asesinatos.

Fuera del juzgado se ha producido un fenómeno casi tan llamativo como el propio juicio. Centenares de mujeres vestidas de rosa han mostrado su apoyo a Clancy con lemas como “Believe”, “She Needed Help” o “Peace for Lindsay”. Algunas explican que ellas mismas sufrieron depresión, ansiedad o problemas psiquiátricos después de dar a luz y consideran que podrían haber terminado en su situación. Una de las organizadoras llegó a resumirlo así: cualquiera de ellas podría estar sentada en el lugar de Clancy.

Ese salto de la comprensión a la identificación es precisamente lo más incómodo del caso. Hablar de depresión posparto, psicosis, falta de sueño, presión sobre las madres o atención psiquiátrica deficiente es necesario. Otra cosa es utilizar como símbolo de esos problemas a una mujer que mató uno por uno a sus tres hijos. Millones de madres atraviesan agotamiento, ansiedad, culpa, problemas de lactancia, perfeccionismo o depresión sin matar a nadie.

Clancy pertenecía además a una familia acomodada, era enfermera obstétrica, había contado con niñera y su marido teletrabajaba para acompañarla. Había pedido ayuda profesional, ingresó voluntariamente en un centro psiquiátrico y recibió numerosos tratamientos. Todo eso puede ser relevante para determinar su responsabilidad penal, pero complica el relato simplificado de una madre abandonada completamente por el sistema.

El caso también ha conectado con otro debate: la maternidad intensiva. Lactancia, colecho, sueño, alimentación, apego, estimulación, ejercicio, recuperación física y la obligación de convertirse en “la mejor madre posible” pueden transformar la crianza en un proyecto de rendimiento. En las notas personales de Clancy aparecen preocupaciones sobre su conexión con sus hijos, la lactancia, su medicación y su deseo de ser una buena madre. Ese perfeccionismo merece discusión; convertir el asesinato de tres niños en su demostración definitiva resulta bastante más difícil de justificar.

Hay además una alianza peculiar alrededor de Clancy. Parte del feminismo interpreta el caso desde la falta de apoyo a las madres y la salud mental posparto. Mujeres de perfil más conservador o religioso también han mostrado compasión hacia ella desde una visión sacrificada de la maternidad. Dos tradiciones enfrentadas terminan coincidiendo en una figura que puede representar, para unas, el abandono de las madres y, para otras, el precio extremo de entregarse completamente a los hijos.

Mientras tanto, Cora, Dawson y Callan corren el riesgo de quedar convertidos en elementos secundarios de una historia sobre adultos. Se habla de Lindsay Clancy, de su marido Patrick, de psiquiatría, feminismo, maternidad, medicamentos, sistema sanitario y responsabilidad criminal. Mucho menos de tres personas de cinco años, tres años y ocho meses que murieron estranguladas.

Quizá esa sea la cuestión más incómoda que ha dejado el juicio: una sociedad que dice estar obsesionada con proteger a los niños puede seguir tratándolos como parte del proyecto vital de sus padres. Cuando el caso más extremo de todos termina hablando principalmente de la experiencia de la madre, vuelve una pregunta bastante antigua: ¿quién está pensando en los niños?