[Juan Soto Ivars] (September 14, 2026) Respondo A “MI” Polémica CON Jordi Évole

Yo vi un tik tok de nuestro presidente recomendando un libro.
Y pensé, caray, este tipo no tiene pinta de ser un gran lector. Moraleja:
Buscad a alguien que os defienda como Jordi Évole a Pedro Sánchez.

Pedro Sánchez ha recuperado sus recomendaciones culturales en redes sociales en mitad de uno de los momentos más complicados de la legislatura. Esta semana apareció recomendando Human Compatible: AI and the Problem of Control, el libro de Stuart Russell sobre inteligencia artificial, sistemas autónomos y pérdida de control humano. El presidente aseguró haber estado leyéndolo estos días y lo presentó como una obra útil para entender el debate actual sobre los límites de la IA. Russell, profesor de Berkeley y uno de los investigadores más conocidos del sector, lleva años reclamando controles más estrictos sobre el desarrollo de sistemas avanzados.

La recomendación terminó provocando una discusión bastante menos académica. Juan Soto Ivars ironizó en X con que Sánchez no había leído un libro entero en su vida y Jordi Évole salió a responderle: “Qué razón tienes, Juan. En cambio, Feijóo y Abascal tienen pinta de haberse leído la Enciclopedia Larousse…”. Soto Ivars contestó que criticar a Sánchez no implicaba considerar intelectuales a los líderes de PP y Vox. El intercambio siguió de madrugada y terminó llevando a otra discusión mucho más interesante que la capacidad lectora del presidente: qué espera cada uno del periodismo cuando gobierna alguien con quien simpatiza.

La coincidencia es especialmente oportuna porque Évole publica este fin de semana en La Vanguardia una columna titulada “Que gobiernen ya”. Su argumento compara el final de la legislatura de Sánchez con los últimos años de Felipe González y recuerda el clima de acoso político y mediático de 1993 a 1996. Évole cita la conocida confesión de Luis María Ansón sobre las reuniones de directores de medios que buscaban erosionar al Gobierno de González y establece un paralelismo con el actual antisanchismo mediático. Entre los nombres aparecen Ana Rosa Quintana, Nacho Abad, Iker Jiménez y Pablo Motos.

Pero el paralelismo con el felipismo arrastra también una diferencia importante. Aquellos años no estuvieron marcados únicamente por una oposición mediática agresiva. Fueron los años de Filesa, Roldán, los fondos reservados y, sobre todo, el GAL. José Barrionuevo y Rafael Vera fueron condenados por el secuestro de Segundo Marey y Felipe González tuvo que declarar ante el Tribunal Supremo. La investigación periodística de aquellos casos no fue simplemente ruido producido para desgastar a un Gobierno: permitió conocer delitos cometidos desde estructuras del Estado.

Évole escribe que el último cartucho de aquella “guerrilla de liberación antifelipista” fueron precisamente los GAL y recuerda que ETA utilizó el terrorismo de Estado como propaganda. Ahí aparece el punto más polémico de la comparación: que una información resulte políticamente útil a ETA, al PP o a cualquier adversario del Gobierno no cambia la obligación de publicarla si es cierta. La fiscalización del poder no puede depender de quién obtiene beneficio político de una exclusiva.

El propio Soto Ivars conoce bien al Évole de Salvados que construyó buena parte de su prestigio precisamente haciendo preguntas incómodas al poder. Durante los gobiernos de Mariano Rajoy, Salvados convirtió la política, la corrupción, la crisis económica, las víctimas de ETA, Cataluña o las cloacas del Estado en material televisivo de primer orden. Ahora ambos terminan discutiendo sobre una pregunta mucho más sencilla: si ese criterio debe funcionar exactamente igual cuando el presidente es Pedro Sánchez.

Y el contexto no es menor. Sánchez atraviesa la crisis de Ceuta, las investigaciones que afectan a su entorno familiar y político y una legislatura en la que la relación entre Gobierno, jueces, Guardia Civil y medios se ha convertido en asunto político permanente. El propio presidente ha situado la “amenaza ultra” entre los grandes argumentos del nuevo curso y mantiene que buena parte del ruido contra su Ejecutivo responde a una ofensiva política y mediática.

Puede ser cierto que exista una oposición mediática interesada en tumbar al Gobierno. También puede ser cierto que haya casos que merecen ser investigados. Las dos cosas pueden ocurrir simultáneamente. Y quizá ahí esté la prueba más sencilla para periodistas, tertulianos y espectadores: aplicar al poder propio exactamente el mismo nivel de desconfianza que se exigía cuando gobernaban los otros.