España acaba de recibir el informe PISA 2025. La caída es especialmente fuerte en lectura
y matemáticas, nos situa muy por debajo de la media de la OCDE y coloca al país entre sus
registros más bajos desde que participa en la prueba. ¿Esto es sólo culpa de las pantallas?
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La reacción política al informe ha sido inmediata. Pedro Sánchez reconoció este 9 de septiembre en el Congreso que los datos son de “extraordinaria preocupación” y respondió a Alberto Núñez Feijóo defendiendo que el Gobierno ha duplicado el presupuesto del Ministerio de Educación hasta superar los 6.000 millones, ha aumentado las becas y ha destinado más de 400 millones a programas de comprensión lectora y matemáticas. También vinculó parte de la respuesta a dos medidas que tramita el Congreso: reducir las ratios y elevar a 16 años la edad mínima para registrarse en redes sociales.
Feijóo maneja un diagnóstico muy distinto. Ha definido el resultado como un “suspenso absoluto” y un “fallo sistémico” y propone volver a reformar el sistema educativo con más peso de la lectura y menos reformas ideológicas. La ministra de Educación, Milagros Tolón, rechaza que el problema pueda atribuirse a la LOMLOE y sitúa buena parte del deterioro en la comprensión lectora y en unos hábitos digitales basados en textos breves, pantallas y consumo rápido de información.
PISA aporta datos que alimentan esa discusión. El 29% de los alumnos españoles afirma que sus compañeros se distraen habitualmente con dispositivos digitales durante las clases de ciencias. Quienes sufren esa distracción obtienen 16 puntos menos, incluso ajustando el nivel socioeconómico. Además, el 54% utiliza chatbots de inteligencia artificial para aprender al menos una vez por semana y un 40% reconoce emplearlos para resumir textos que debía leer.
La polémica más grave, sin embargo, está en la propia muestra española. La OCDE detectó que Cataluña excluyó de la prueba al 23,2% del alumnado seleccionado, frente al 5,6% de 2022, y decidió no publicar sus resultados autonómicos. Murcia elevó sus exclusiones del 4,1% al 12,7% y sus datos deben interpretarse con cautela porque pueden estar sesgados al alza. La advertencia oficial de la OCDE señala específicamente a Cataluña y Murcia, no a Baleares.
Salvador Illa comparecerá el 23 de septiembre en el Parlament para explicar el fiasco catalán, después de que ERC, Comuns y la oposición reclamaran responsabilidades. El PP catalán exige saber quién decidió excluir alumnos y quién conocía los errores. Una evaluación diseñada para medir el sistema educativo ha terminado abriendo otra discusión sobre cómo se seleccionó precisamente a quienes podían examinarse.
También existe una brecha de rendimiento entre alumnado nativo e inmigrante, visible por ejemplo en Navarra, donde los estudiantes de origen extranjero representan ya el 26,7% y el consejero Carlos Gimeno ha pedido comparecer para analizar los resultados. Pero la propia OCDE advierte contra las explicaciones fáciles: el cambio demográfico puede explicar algunos puntos de las caídas internacionales, nunca por sí solo desplomes de esta magnitud.
El problema es más amplio: menos comprensión lectora, menos conocimiento acumulado, más distracción digital, dificultades para atender una diversidad creciente y un modelo educativo que lleva años discutiendo cuánto deben pesar los contenidos, las competencias, la memoria, la autoridad del profesor y el bienestar emocional.
PISA 2025 no resuelve esa pelea. Sí elimina una excusa.
España no tiene un problema de percepción con su educación. Tiene un problema de resultados.